No sé ustedes, pero yo adoro la luna llena. La adoro. Podría pasar horas de horas haciendo nada mas que contemplándola. Observarla, despacio, cada detalle. El color, la forma, las pequeñas manchas que se ven en su superficie, su movimiento, todo.
He pensado en hacerlo más de una vez, claro, aunque no lo he podido realizar. A lo mucho la contemplé desde mi ventana por 15, quizá 20 minutos seguidos pero no más. Me parece que el lugar no es el adecuado.
Quisiera poder irme a algún lugar a solas. A pasar la noche sentada viendo al cielo o simplemente a la nada. Contemplar la naturaleza y tranquilidad nocturna mientras escucho algo de música, sentada en alguna banca o en el piso mismo. No sé, tal vez la playa... Miraflores, por ejemplo. Por el faro. Apoyarme en ese pequeño muro que divide el asfalto de un acantilado y divisar el panorama en la madrugada. Sería genial.
Desafortunadamente mis ataduras maternales me lo prohíben. Y es que mi mamá ni loca me dejaría salir de noche a pasar la madrugada a un lugar tan lejos de donde vivo. Espero que no sea por mucho tiempo. Espero que algún día pueda hacerlo. Irme tranquila, caminando despacio. Sin apuro, sin presión.
Adoro la luna llena. No sé muy bien por qué, pero lo hago. Me relaja... me tranquiliza.